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Pensar la vialidad desde quienes la enseñan y construyen

ElConstructor Por ElConstructor
noviembre 10, 2025
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Pensar la vialidad desde quienes la enseñan y construyen
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Un camino no empieza con una máquina ni con un plano; empieza en la curiosidad de quien aprende y en la decisión de quien y como le enseña. Cada alumno que hoy recorre los pasillos y laboratorios de la UTN-FRC da los primeros pasos de lo que mañana serán obras civiles concretas: autovías, rutas, calles, puentes, etc.. Allí, midiendo pendientes en un perfil longitudinal, analizando la capacidad de un suelo arcilloso o calculando la geometría de una curva, comienza a comprender que cada decisión técnica tiene repercusiones concretas, con impacto en la vida de las personas y en la dinámica de las comunidades. La enseñanza es, en este sentido, el Kilómetro “0” de toda gran obra civil.

El trabajo en el aula se complementa con prácticas en terreno. Los estudiantes recorren rutas rurales, calles urbanas y obras en ejecución, midiendo pendientes, observando peraltes, analizando la jerarquización de vías y entendiendo la movilidad. En estas experiencias se perciben errores y aciertos que no aparecen en un libro: un bache recurrente, una curva que reduce la visibilidad o un camino que se inunda con la primera lluvia. Aprender a identificar estas situaciones desarrolla criterio profesional y conciencia sobre el impacto social de cada proyecto.

RUTAS QUE CONECTAN VIDAS

Las rutas y calles son mucho más que infraestructura: son las arterias que conectan personas, territorios, culturas y oportunidades. Cada decisión de diseño, cálculo o construcción impacta directamente en la seguridad vial, la movilidad, el medioambiente y la economía local y/o regional. Un error de planificación o una construcción deficiente puede generar desmoronamientos, accidentes, aislamiento de comunidades rurales y costos de mantenimiento que superan ampliamente cualquier presupuesto inicial.

Formar ingenieros civiles capaces de anticipar estas consecuencias es fundamental. La docencia, por tanto, no se limita a transmitir modelos o expresiones matemáticas; sino más bien desarrolla un criterio, sentido común racional, y responsabilidad. Cada proyecto que un estudiante analiza o diseña en clase se convierte en un ejercicio de conciencia, donde aprende a calcular no solo el radio de una curva o la pendiente de una ruta, sino también los riesgos, costos y beneficios de cada decisión.

La movilidad, en este sentido, es un hecho profundamente humano. No se trata solo de vehículos que transitan, sino de personas que buscan acceder a su trabajo, a un hospital, a una escuela. Pensar la vialidad desde la ingeniería civil es pensar en la posibilidad de que todos puedan moverse con seguridad, eficiencia y eficacia.

DE LA TEORÍA A LA PRÁCTICA

La innovación tecnológica ofrece herramientas que transforman la enseñanza. Drones para relevamientos permiten obtener datos precisos de rutas rurales en minutos, comparando información que antes demandaba días de trabajo con estación total. Nubes de puntos LIDAR, simulaciones de tránsito y softwares de modelado 3D permiten proyectar escenarios complejos y mostrar a los estudiantes cómo varían las condiciones de seguridad y eficiencia según cada decisión.

Sin embargo, la tecnología no reemplaza el criterio: un modelo digital puede sugerir la línea óptima de una curva, pero solo la observación directa del terreno revela factores que afectan la obra, como variaciones de suelo, obstáculos o condicionantes sociales. Enseñar a usar la tecnología de manera crítica es tan importante como enseñar mecánica de suelos o diseño de pavimentos.

En este proceso, el docente se vuelve un guía que traduce la teoría en decisiones reales. Adaptarse a nuevas herramientas implica también cambiar la forma de enseñar: salir de la clase expositiva, incorporar metodologías activas, lograr aprendizaje por proyectos y simulaciones que involucren al estudiante como protagonista. Llegar a las nuevas generaciones exige comprender sus lenguajes, sus modos de atención y sus motivaciones, sin perder la rigurosidad técnica ni el sentido ético del ejercicio profesional.

RESPONSABILIDAD PROFESIONAL

La ingeniería civil es, antes que nada, una profesión ética. En clase se discuten dilemas concretos: ¿Cómo lidiar cuando el contexto busca, en muchos casos, priorizar costos por encima de la seguridad? ¿Cómo equilibrar productividad, accesibilidad y sostenibilidad ambiental? Estas situaciones, trasladadas a proyectos reales, permiten que los estudiantes internalicen la idea de que la ética no es un concepto abstracto, sino una decisión diaria que puede salvar vidas y usar eficazmente los recursos.

El impacto de un error, incluso pequeño, es enorme: un diseño geométrico deficiente o un cálculo mal planteado puede traducirse en accidentes, mantenimiento costoso y pérdida de confianza social. Por eso, formar ingenieros con criterio y ética es tan crucial como enseñarles técnicas de cálculo.

Enseñar ética profesional no es recitar normas o códigos, sino promover conciencia: comprender que cada proyecto tiene consecuencias sobre la seguridad, el ambiente y la calidad de vida. La integridad del profesional se refleja en la calidad de la obra, y esa relación debe estar presente desde el primer día de formación.

La Universidad Pública como multiplicadora social

La UTN, en todas sus regionales, y en particular nuestra Facultad Regional Córdoba, combina enseñanza formación teórico/práctica teórica y práctica con articulación territorial. Los convenios existente con gobiernos, así como proyectos de extensión o colaboración con empresas permite que los estudiantes interactúen con problemas reales: analicen tránsito urbano, evalúen rutas rurales o propongan mejoras en infraestructura vial existente.

La Universidad se convierte así en multiplicadora social: un alumno formado correctamente impactará en decenas de obras a lo largo de su vida profesional, beneficiando a miles de personas. El costo de formar un estudiante es insignificante frente a los beneficios que genera un profesional que diseña caminos más seguros, duraderos y eficientes.

La sociedad debe comprender que invertir en educación es invertir en futuro. Sin educación no hay progreso, ni infraestructura, ni desarrollo territorial posible. La educación pública no solo transmite conocimiento técnico, sino que democratiza oportunidades, permite que el talento se distribuya y que el país avance con sentido federal y social. En este sentido, la educación no debe ser concebida como un gasto, sino como una inversión prioritaria y estratégica que fortalece el capital humano, impulsa la innovación y sostiene el crecimiento económico y cultural del país.

SENTIDO COMÚN Y MIRADA INTEGRAL

Un profesor ya jubilado solía contar que, por más tecnología que exista, en las sierras ningún ingeniero supera al burrito cordobés en materia de diseño vial. No entendíamos el motivo, hasta que revelaba el desenlace: siempre prevalece la ley del menor esfuerzo, una norma que ese animal cumple al pie de la letra. Siguiendo sus huellas por las serranías, surgieron —años atrás— varios de los caminos que más tarde dieron origen a parte de la red vial.

Diseñar caminos implica combinar técnica, experiencia y observación directa. Caminar el terreno, escuchar a los usuarios y anticipar problemas es tan importante como calcular pendientes, peraltes o la resistencia de materiales. Esa conjunción de conocimiento técnico y comprensión de la realidad convierte a un ingeniero o ingeniera, en un profesional capaz de generar soluciones sostenibles, seguras y eficientes.

El sentido común —a menudo subestimado en la era digital— sigue siendo una herramienta fundamental. Entender, visualizar en la mente el cómo se comporta el tránsito en un pueblo rural, cómo la lluvia afecta un bajo o cómo una vereda mal nivelada condiciona a una persona mayor, requiere sensibilidad y empatía. La ingeniería, en definitiva, no se hace solo con dispositivos y tecnologías digitales, sino también con la mirada, la escucha y el compromiso o ser empático con el otro.

VOLVER AL AULA, VOLVER AL INICIO

Pensar la vialidad desde quienes la enseñan es también pensar en el futuro del territorio. Los desafíos por venir —la movilidad eléctrica, el cambio climático, la necesidad de infraestructura resiliente— exigen ingenieros preparados no solo técnicamente, sino también cultural y socialmente. La sostenibilidad ya no es un tema periférico: es el nuevo eje de toda política de transporte y obra pública.

En este contexto, la universidad tiene el deber de anticiparse, de formar profesionales capaces de imaginar soluciones antes de que los problemas aparezcan. Esa visión estratégica, apoyada en la investigación aplicada y el trabajo interdisciplinario, es la que permitirá que los caminos del futuro sean no solo más eficientes, sino también más humanos.

Porque cada camino que se diseña es, en el fondo, una expresión de confianza en el porvenir: una huella que conecta lo que somos con lo que queremos ser. Y ese recorrido, como toda gran obra, empieza siempre en el mismo lugar: en el aula.

ING. DANIEL AZELART –  ING. MARTÍN LA ROSA – LOS AUTORES SON MIEMBROS DE LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA NACIONAL – FACULTAD REGIONAL CÓRDOBA – INGENIERÍA CIVIL

Tags: Pensar la vialidad

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